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Bratislava y Praga en mi maleta por Leticia (II)

por Carla (11 noviembre 2009)

Partimos temprano desde Budapest hacia Bratislava, capital de Eslovaquia, en autobús. Aunque el viaje lo hicimos por libre, incluía los traslados y por supuesto esta visita obligatoria. Bratislava es una ciudad colorida y acogedora donde las haya. Un lugar donde se respira la tranquilidad más absoluta. Llena de casas que parecen de muñecas y donde se respira a historia. El recorrido fue por el centro de la ciudad, donde está el Ayuntamiento y las calles que lo rodean. Al igual que en el resto de los países del Este la música está presente por todas partes y cómo no, destacar el edificio del Teatro Nacional Eslovaco en la Plaza Hviezdoslav.

A Praga, llegamos de noche pero nuestras ansias por no perdernos nada nos volvieron a sacar a la calle, nada más soltar las maletas. Fuimos directos a La Ciudad Nueva, a la Plaza de Wenceslao, donde se encuentra el Museo Nacional Checo y en la que hay un ambiente impresionante. Puestos ambulantes de comida con largas colas para pedir una salchicha, una brocheta… y, cómo no, cerveza. Perrito en mano bajamos la calle que nos llevaba a La Ciudad Vieja, donde se encuentra el Reloj Astronómico. Cada hora en punto los 12 apóstoles se asoman por unas ventanillas. La plaza se pone a reventar.

Al día siguiente, nos recoge el autobús para hacer una visita del mismo tipo que la de Budapest, para mostrarte un poco la ciudad. Nos pasearon a pie por La Ciudad Vieja mostrándonos antiguas casas, el Puente de Carlos, que cruza el Río Moldava de orilla a orilla, repleto de música por todos lados: violinistas, cantantes,… Caminamos por estrechas calles llenas de tiendas turísticas. Una zona demasiado explotada en un lugar tan encantador. Terminamos la excursión en la Plaza Vieja, donde se encuentra el reloj astronómico, El Ayuntamiento, La Iglesia de Nuestra Señora de Týn y La Iglesia de San Nicolás. Curiosamente de San Nicolás salían las candidatas a Miss Universo, que se celebró en Praga ese fin de semana. De ahí fuimos con el grupo a comer a un restaurante típico Checo. Allí también nos pusieron Goulash pero en lugar de servirlo en sopa como en Budapest, allí es típico ponerlo en salsa, acompañado de un pan blanco delicioso.
Nos perdimos la visita al Cementerio Judío, pero había que comprar obligatoriamente conjuntas las entradas de esta visita junto con las sinagogas y era un clavo, así que decidimos optar por lo económico. Los praguenses cobran hasta por el aire que respiras.

Muy cerca de La Plaza Vieja hay un Mercado Ambulante muy curioso de visitar, con puestos desde verdura y golosinas hasta flores o recuerdos de la ciudad. Por la noche cenamos en un Pub cercano al Hotel en el que por tan sólo 10 euros acompañabas un plato de abundante comida con un litro de cerveza. Y después, copa, cómo no. Porque allí igual comes, bebes o escuchas música en directo en muchos locales.

Es el penúltimo día. Nuestros pies no pueden más pero no podemos perdernos nada, así que optamos por movernos en tranvía. Nos dirigimos a la zona Zona Hradcanym, donde se sitúa el Castillo de Praga, que acoge la Catedral de San Vito y el Callejón de Oro entre otros lugares. Nos cogimos la audio guía y ¡en qué momento! Terminamos con el zapatófono con ganas de mandarlo a paseo y con una contractura en el cuello de llevarlo doblado sujetando tremendo trasto. Para rematar la faena y ya más muertos que vivos nos dirigimos a El Loreto, que se encontraba cerrado. En el fondo nos alegramos porque no podíamos más. Salíamos todos los días a las 7 de la mañana y volvíamos a las 10 de la noche como poco. No quiero ni calcular la de kilómetros diarios que hacíamos pero tuve cardenales en las piernas muchos días después. Como nos supo a poco, tras un breve descanso frente al Loreto, retomamos la marcha y nos dirigimos de nuevo al Puente de Carlos hasta la hora de la cena, que terminamos en el mismo sitio del día anterior.
Y entonces llegó el último día, tristísimo desde que nos levantamos. Subimos al tranvía que nos dejó en el Monte Petrín para subir a la Torre Petrín, una pequeña Torre Eiffel de 200 m. sobre el río Moldava. Unas vistas impresionantes.

Después de comer en un lugar muy típico de allí regresamos al hotel para descansar y por la noche nos dirigimos al otro lado del Moldava para ver las preciosas vistas que tiene de noche. Regresamos en taxi al Hotel, que a punto tienen que despegarme con espátula del asa de la puerta. Los taxistas deben ver mucho Fórmula 1 y se cruzan la ciudad en 1 minuto. Llegamos vivos a pesar de todo.
Ha sido un viaje increíble, económico y gratificante. Para la próxima, que espero repetir, los siete días los dedicaré en exclusiva a Budapest :-)

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Sobre la autora
Carla

CarlaSoy Carla de Privalia. Escribo en este blog desde 2015 y estoy aquí para hablaros de moda real, de trucazos para sacar partido a nuestro estilo y para ayudaros a cazar tendencias al mejor precio.

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